Jugar desde los primeros años de vida

Jugar es una de las actividades fundamentales para el desarrollo integral de los niños y las niñas. Por eso, desde su nacimiento es valioso que el juego forme parte de sus vidas.

Niño saltando. Niños y niñas jugando en el patio del jardín
Niño saltando. Niños y niñas jugando en el patio del jardín

Para crecer saludables, los niños necesitan -además de salud y bienestar- el tiempo y el espacio para poder jugar. Desde que nacen, aparecen las primeras posibilidades lúdicas.  
El juego aporta a la salud física y mental, la educación, la comunicación y la apropiación de valores. Además, estimula el encuentro con otros chicos desde las emociones propias y ajenas, así como el contacto con el mundo exterior e interior. Por eso, es importante que el juego aparezca desde los primeros momentos de vida, ya que es durante la primera infancia cuando las personas más aprenden y se desarrollan. Es una etapa que influye en el resto de la vida, porque también incide en la formación de la personalidad. En ese momento se incorporan recursos para construir vínculos afectivos, conocer reglas, tomar decisiones, definir intereses y descubrir emociones.
Por ejemplo, jugar con los bebés es una buena manera de ayudarlos a crecer como una persona segura.  Las formas del juego y estimulación cambian de acuerdo a los períodos etarios, pero siempre el afecto, las miradas, los abrazos y las risas son los mejores aliados.
Los momentos lúdicos también estimulan la creatividad, el talento y la imaginación. Por eso, los niños necesitan estar activos para crecer y conocer el mundo jugando. Al hacerlo desde bebés, el juego se convierte en una herramienta ideal de motivación, para buscar, explorar, descubrir y sorprenderse. Por otro lado, los ayuda a desarrollar su coordinación psicomotriz, fortaleciendo sus músculos, huesos, pulmones y corazón, porque todo su cuerpo está en movimiento.  
En la casa, en la escuela, en el hospital, en la plaza… ¡En todas partes se puede jugar! Pero es importante siempre la presencia de los adultos para acompañar, proponer, estimular e interrumpir el juego o mediar cuando sea necesario. Que los niños se diviertan en libertad es responsabilidad de los grandes. También son los encargados de disponer del espacio y el tiempo, y de transmitir la cultura del juego. Crear esos momentos genera en los pequeños habitualidad con el juego y ayuda a que lo valoren como actividad.  
Además, es un derecho fundamental de todos los niños y niñas  y comprenderlo en este sentido contribuye a trasladar tal perspectiva a las prácticas cotidianas con la infancia, para generar oportunidades educativas, culturales y recreativas. De esa forma, también se está privilegiando la infancia como una etapa única y esencial en la vida de todas las personas.

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