Leyendas Nacionales III

Cuenta la leyenda que en las riberas del Paraná, vivía una indiecita llamada Anahí. En las tardecitas veraniegas deleitaba a toda la gente de su tribu con canciones inspiradas en los dioses del fuego, del aire, del agua y de la tierra que habitaban. Pero un día llegaron los invasores, hombres de piel blanca provenientes de tierras muy lejanas, más allá del horizonte, que arrasaron las tribus y les arrebataron las tierras y su libertad.

Anahí fue aprisionada junto con otros indígenas. Pasó muchos días llorando, varias noches meditando y planeando una forma de escapar para pedir ayuda a las tribus vecinas, hasta que un día el guardia que la vigilaba se quedó dormido y la indiecita se dio a la fuga. Corrió rápido y sin mirar atrás, pero hizo demasiado ruido y despertó a los invasores, que salieron a perseguirla con antorchas hasta alcanzarla. Enfurecidos por la desobediencia de la indiecita, prendieron fuego a su alrededor, dejándola sin escapatoria; pero el dios fuego no quería lastimar a Anahí, el quería protegerla, así que comenzó a crecer, haciéndose más poderoso y creó una barrera que separó cada vez más a la indiecita de los invasores.

Cuando las llamas cesaron, los españoles descubrieron que Anahí se había convirtiendo en un árbol, que hoy conocemos como árbol del ceibo, y al siguiente amanecer, se encontraron ante el espectáculo de un hermoso florecer de verdes hojas relucientes y flores rojas aterciopeladas, que se mostraban en todo su esplendor, como símbolo de la valentía y la fortaleza de Anahí.

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